Anarquismo en La Historia
Anarquismo en La Historia
Bueno Aqui Una Breve Historia Sobre el Anarquismo
El movimiento libertario español durante el siglo XX se caracteriza por adoptar como fórmula de acción la actividad sindical, a la que infunde, junto a los principios del sindicalismo revolucionario, las ideas ácratas. A fines del XIX y durante la primera década del XX, los libertaarios no contaban con una organización sindical vertebrada nacionalmente. Tras las grandes huelgas de 1901-1903, ocasionadas por la crisis general del país, consecuencia de los desastres del 98, el movimiento obrero español entró en una etapa de repliegue que, en el mundo ácrata, se caracterizó por la proliferación de los debates teóricos, la publicación gran número de periódicos y revistas y un hecho decisivo tanto para el anarquismo como para el movimiento obrero español: la recepción de las ideas sindicalistas revolucionarias.
En Francia, desde el final del siglo XIX, los anarquistas abandonaron la acción individual y las actividades violentas para ingresar y crear sociedades obreras. Su finalidad era sustraer el movimiento obrero organizado de la influencia de los partidos políticos y dotarle de un componente antiautoritario, autónomo, antimilitarista y antiparlamentario. En 1902 se creó la CGT lo que supuso no sólo la consolidación orgánica sino también la ideológica que tuvo su hito en el Congreso de Amiens, en 1906, donde se formuló lo que sería más tarde conocido como sindicalismo revolucionario. Las líneas generales que lo configuran son: su finalidad emancipadora integral de la clase obrera por medio de la huelga general, la desaparición del Estado, la autosuficiencia del sindicato al que pertenecen todos los trabajadores sin distinción de ideologías y la acción reivindicativa mediante la acción directa, es decir, solución de conflictos entre obreros y patronos sin mediadores de algún tipo. Bases de actuación que podían ser asumidas fácilmente por los anarquistas españoles, los cuales contaban con una larga tradición societaria. Autores como José Peirats o José Álvarez Junco consideran que fue el movimiento libertario español el que proporcionó los elementos necesarios del sindicalismo revolucionario a los anarquistas franceses.
La creación, en 1907, de Solidaridad Obrera signoficó la primera estructura orgánica de las ideas sindicalistas revolucionarias en España. La iniciativa barcelonesa venía a llenar un hueco en el sindicalismo español. Tras la desaparición de las organizaciones nacionales herederas de la línea bakunista de la Primera Internacional, sólo quedó como central sindical la UGT. La concepción reformista que la escasamente implantada central socialista, subordinada al partido y dedicada a la acción reivindicativa sin ninguna aspiración revolucionaria, no acababa de convencer a los trabajadores españoles.
El proceso de concentración industrial y los movimientos migratorios internos exigían una respuesta del movimiento obrero que había comprobado cómo ya no le servían las viejas sociedades de oficio y resistencia. De ahí que, rápidamente, la federación local de Barcelona, en 1908, se transformara en Confederación Regional y poco después, expresara sus aspiraciones de convertirse en Confederación Nacional. En la mente de los creadores de la nueva central sindical, la que sería la CNT, estaba la idea de agrupar a los sociedades que no pertenecieran a la UGT. Fue el éxito táctico de la nueva agrupación la que determinó su progresión. Así, antes de su primera ilegalización en 1911, tenía casi treinta mil afiliados y además, acabó por decidir el ingreso en ella de los anarquistas más reticentes. Hasta 1913, año en que la CNT volvió a recobrar la actividad pública, fueron los grupos anarquistas quienes mantuvieron el aliento mínimo para que la organización pudiera reanudar sus actividades.
En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial. El conflicto dividió a los anarquistas y, aunque la CNT condenó la guerra, algunos destacados ácratas españoles como Ricardo Mella o Eleuterio Quintanilla apoyaron el maanifiesto pro-aliado de Kropotkin. La conflagración favoreció el desarrollo de la economía española, proporcionando grandes beneficios al capital que los invirtió de forma especulativa, originando nuevos movimientos migratorios del mundo rural al urbano. Paralelamente los sindicatos, favorecidos por su lucha reivindicativa y la bonanza económica aumentaron espectacularmente su afiliación: en 1919 la CNT tenía casi ochocientos mil afiliados y la UGT unos doscientos mil.
Para el anarcosindicalismo el hecho más importante de estos años fue la decisión de los cenetistas catalanes de crear los sindicatos únicos en su Congreso de Sans, en junio de 1918. El sindicato único de industria sustituia a la vieja sociedad de oficio dotando a la organización obrera de una estructura acorde con la industria. En él se integraban, en secciones, todos los oficios pertenecientes a un mismo ramo de producción. De esta forma el sindicato cenetista se dotaba de la organización que le distinguiría desde entonces. Además, entre los años 1916-1917 y por primera vez desde su creación, la CNT llegó a acuerdos con la UGT, como fueron las convocatorias unitarias de las huelgas generales de diciembre de 1916 y julio de 1917. Esto indica que, aunque los cenetistas se sintieran traicionados por la actitud de la UGT, ambos sindicatos reconocían la necesidad de la unidad obrera, tema de capital importancia para el movimiento obrero en los años treinta.
El triunfo de laa revolución bolchevique creó una nueva dinámica en el movimiento obrero. Los grupos comunistas, escindidos del socialismo y también nutridos por destacados anarcosindicalistas, como Andreu Nin, José Diaz, Hilario Arlandíss o Joaquín Maurín, intentaron integrar a la CNT en las nuevas estructuras creadas por Moscú. En su Congreso de 1919 la CNT, a la vez que aprobaba su finalidad comunista libertaria, acordó su ingreso provisional en la Internacional Sindical Roja. Las noticias que llegaban desde Rusia y la euforia revolucionaria que se desató en el proletariado español creó gran confusión en la CNT. Fueron los anarquistas quienes primero criticaron el rumbo que tomaba la Revolución rusa. Así el italiano Enrico Malatesta escribía en 1919 al también anarquista Luigi Fabbri: "Lenin, Trotski y sus camaradas son seguramente revolucionarios sinceros, tal como ellos entienden la Revolución y no la traicionarán; pero preparan los marcos gubernamentales que servirán a quienes vendrán a continuación para aprovecharse de la Revolución y asesinarla".
Los sindicalistas revolucionarios convocaron una Conferencia en Berlín en diciembre de 1920 que fue el origen de la Asociación Internacional de Trabajadores, a fines del año 1922, organización a la que se adheriría la CNT tras retirar su adscripción a la Internacional Roja ese mismo año.
La CNT logró evitar el control comunista, los cuales, aislados de la mayoría de la clase obrera y sin un espacio sindical propio a partir del cual extender el partido, serían hasta la Guerra Civil un grupo marginal. Sin embargo, el problema más grave que tuvo que afrontar la CNT en los primeros años de la década de los años veinte fue el de la persecución policial, los atentados de grupos parapoliciales y la violencia de los sindicalistas.
El Gobierno estaba dispuesto a acabar con una organización que alcanzaba los ochocientos mil afiliados en todo el país y que, en 1919 había mantenido paralizada Barcelona más de mes y medio durante la huelga conocida como la Canadiense. Comenzó la etapa que sería conocida como los años del pistolerismo. En ella se dio tanto la violencia obrera, alimentada por un turbio torbellino de ambiciosos y "cabezas calientes", como la violencia de grupos parapoliciales y la aplicación de la "Ley de fugas", alentada por el Gobernador Civil de Barcelona y primer Ministro de Gobernación con Franco, Severiano Martínez Anido. En la espiral de violencia perecieron, entre otros, dos secretarios del comité nacional de la CNT y Salvador Seguí, así como Eduardo Dato y el cardenal de Zaragoza, Soldevilla. Esta situación llevó al declive a los sindicatos cenetistas que, sometidos a tensiones internas con los pro-bolcheviques, presionados por sus afiliados por la violencia y afectados por los lock-outs patronales, perdieron más de la mitad de sus afiliados.
El movimiento libertario español durante el siglo XX se caracteriza por adoptar como fórmula de acción la actividad sindical, a la que infunde, junto a los principios del sindicalismo revolucionario, las ideas ácratas. A fines del XIX y durante la primera década del XX, los libertaarios no contaban con una organización sindical vertebrada nacionalmente. Tras las grandes huelgas de 1901-1903, ocasionadas por la crisis general del país, consecuencia de los desastres del 98, el movimiento obrero español entró en una etapa de repliegue que, en el mundo ácrata, se caracterizó por la proliferación de los debates teóricos, la publicación gran número de periódicos y revistas y un hecho decisivo tanto para el anarquismo como para el movimiento obrero español: la recepción de las ideas sindicalistas revolucionarias.
En Francia, desde el final del siglo XIX, los anarquistas abandonaron la acción individual y las actividades violentas para ingresar y crear sociedades obreras. Su finalidad era sustraer el movimiento obrero organizado de la influencia de los partidos políticos y dotarle de un componente antiautoritario, autónomo, antimilitarista y antiparlamentario. En 1902 se creó la CGT lo que supuso no sólo la consolidación orgánica sino también la ideológica que tuvo su hito en el Congreso de Amiens, en 1906, donde se formuló lo que sería más tarde conocido como sindicalismo revolucionario. Las líneas generales que lo configuran son: su finalidad emancipadora integral de la clase obrera por medio de la huelga general, la desaparición del Estado, la autosuficiencia del sindicato al que pertenecen todos los trabajadores sin distinción de ideologías y la acción reivindicativa mediante la acción directa, es decir, solución de conflictos entre obreros y patronos sin mediadores de algún tipo. Bases de actuación que podían ser asumidas fácilmente por los anarquistas españoles, los cuales contaban con una larga tradición societaria. Autores como José Peirats o José Álvarez Junco consideran que fue el movimiento libertario español el que proporcionó los elementos necesarios del sindicalismo revolucionario a los anarquistas franceses.
La creación, en 1907, de Solidaridad Obrera signoficó la primera estructura orgánica de las ideas sindicalistas revolucionarias en España. La iniciativa barcelonesa venía a llenar un hueco en el sindicalismo español. Tras la desaparición de las organizaciones nacionales herederas de la línea bakunista de la Primera Internacional, sólo quedó como central sindical la UGT. La concepción reformista que la escasamente implantada central socialista, subordinada al partido y dedicada a la acción reivindicativa sin ninguna aspiración revolucionaria, no acababa de convencer a los trabajadores españoles.
El proceso de concentración industrial y los movimientos migratorios internos exigían una respuesta del movimiento obrero que había comprobado cómo ya no le servían las viejas sociedades de oficio y resistencia. De ahí que, rápidamente, la federación local de Barcelona, en 1908, se transformara en Confederación Regional y poco después, expresara sus aspiraciones de convertirse en Confederación Nacional. En la mente de los creadores de la nueva central sindical, la que sería la CNT, estaba la idea de agrupar a los sociedades que no pertenecieran a la UGT. Fue el éxito táctico de la nueva agrupación la que determinó su progresión. Así, antes de su primera ilegalización en 1911, tenía casi treinta mil afiliados y además, acabó por decidir el ingreso en ella de los anarquistas más reticentes. Hasta 1913, año en que la CNT volvió a recobrar la actividad pública, fueron los grupos anarquistas quienes mantuvieron el aliento mínimo para que la organización pudiera reanudar sus actividades.
En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial. El conflicto dividió a los anarquistas y, aunque la CNT condenó la guerra, algunos destacados ácratas españoles como Ricardo Mella o Eleuterio Quintanilla apoyaron el maanifiesto pro-aliado de Kropotkin. La conflagración favoreció el desarrollo de la economía española, proporcionando grandes beneficios al capital que los invirtió de forma especulativa, originando nuevos movimientos migratorios del mundo rural al urbano. Paralelamente los sindicatos, favorecidos por su lucha reivindicativa y la bonanza económica aumentaron espectacularmente su afiliación: en 1919 la CNT tenía casi ochocientos mil afiliados y la UGT unos doscientos mil.
Para el anarcosindicalismo el hecho más importante de estos años fue la decisión de los cenetistas catalanes de crear los sindicatos únicos en su Congreso de Sans, en junio de 1918. El sindicato único de industria sustituia a la vieja sociedad de oficio dotando a la organización obrera de una estructura acorde con la industria. En él se integraban, en secciones, todos los oficios pertenecientes a un mismo ramo de producción. De esta forma el sindicato cenetista se dotaba de la organización que le distinguiría desde entonces. Además, entre los años 1916-1917 y por primera vez desde su creación, la CNT llegó a acuerdos con la UGT, como fueron las convocatorias unitarias de las huelgas generales de diciembre de 1916 y julio de 1917. Esto indica que, aunque los cenetistas se sintieran traicionados por la actitud de la UGT, ambos sindicatos reconocían la necesidad de la unidad obrera, tema de capital importancia para el movimiento obrero en los años treinta.
El triunfo de laa revolución bolchevique creó una nueva dinámica en el movimiento obrero. Los grupos comunistas, escindidos del socialismo y también nutridos por destacados anarcosindicalistas, como Andreu Nin, José Diaz, Hilario Arlandíss o Joaquín Maurín, intentaron integrar a la CNT en las nuevas estructuras creadas por Moscú. En su Congreso de 1919 la CNT, a la vez que aprobaba su finalidad comunista libertaria, acordó su ingreso provisional en la Internacional Sindical Roja. Las noticias que llegaban desde Rusia y la euforia revolucionaria que se desató en el proletariado español creó gran confusión en la CNT. Fueron los anarquistas quienes primero criticaron el rumbo que tomaba la Revolución rusa. Así el italiano Enrico Malatesta escribía en 1919 al también anarquista Luigi Fabbri: "Lenin, Trotski y sus camaradas son seguramente revolucionarios sinceros, tal como ellos entienden la Revolución y no la traicionarán; pero preparan los marcos gubernamentales que servirán a quienes vendrán a continuación para aprovecharse de la Revolución y asesinarla".
Los sindicalistas revolucionarios convocaron una Conferencia en Berlín en diciembre de 1920 que fue el origen de la Asociación Internacional de Trabajadores, a fines del año 1922, organización a la que se adheriría la CNT tras retirar su adscripción a la Internacional Roja ese mismo año.
La CNT logró evitar el control comunista, los cuales, aislados de la mayoría de la clase obrera y sin un espacio sindical propio a partir del cual extender el partido, serían hasta la Guerra Civil un grupo marginal. Sin embargo, el problema más grave que tuvo que afrontar la CNT en los primeros años de la década de los años veinte fue el de la persecución policial, los atentados de grupos parapoliciales y la violencia de los sindicalistas.
El Gobierno estaba dispuesto a acabar con una organización que alcanzaba los ochocientos mil afiliados en todo el país y que, en 1919 había mantenido paralizada Barcelona más de mes y medio durante la huelga conocida como la Canadiense. Comenzó la etapa que sería conocida como los años del pistolerismo. En ella se dio tanto la violencia obrera, alimentada por un turbio torbellino de ambiciosos y "cabezas calientes", como la violencia de grupos parapoliciales y la aplicación de la "Ley de fugas", alentada por el Gobernador Civil de Barcelona y primer Ministro de Gobernación con Franco, Severiano Martínez Anido. En la espiral de violencia perecieron, entre otros, dos secretarios del comité nacional de la CNT y Salvador Seguí, así como Eduardo Dato y el cardenal de Zaragoza, Soldevilla. Esta situación llevó al declive a los sindicatos cenetistas que, sometidos a tensiones internas con los pro-bolcheviques, presionados por sus afiliados por la violencia y afectados por los lock-outs patronales, perdieron más de la mitad de sus afiliados.
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